El déficit comercial de Estados Unidos es el resultado de las contradicciones entre el patrón económico global y la estructura económica interna. Su raíz reside en la deslocalización de la manufactura, el modelo de bajo ahorro y alto consumo, y la hegemonía del dólar estadounidense. Desde que surgió por primera vez en 1971, Estados Unidos ha reducido los costos de producción mediante la externalización industrial, pero esto ha llevado a que la manufactura represente solo el 10% del PIB, desde el 25%, agravando la deslocalización de la cadena de suministro. La baja tasa de ahorro (solo 3.8% en 2024) y la alta demanda de consumo (que representa el 70% del PIB) obligan a depender de las importaciones, y la posición especial del dólar como moneda de reserva mundial hace que el déficit sea una consecuencia inevitable para mantener la liquidez internacional.
El déficit a largo plazo tiene un doble impacto: por un lado, mejora el bienestar de los residentes mediante productos baratos y flujos de capital; por otro, provoca el declive de la manufactura, la polarización social y riesgos de deuda. En 2024, la deuda externa neta de Estados Unidos alcanza el 67% del PIB, acercándose a un punto crítico de crisis. La política de aumento de aranceles del gobierno de Trump se ha demostrado ineficaz, ya que en lugar de proteger, elevó los costos de importación y agravó la inflación, asumiendo finalmente el costo los consumidores y las empresas. Para resolver el déficit, se requiere una reforma estructural que incluya reducir el déficit fiscal, promover la actualización industrial y estabilizar el valor del dólar, en lugar de adoptar proteccionismo unilateral.
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El déficit comercial de Estados Unidos es el resultado de las contradicciones entre el patrón económico global y la estructura económica interna. Su raíz reside en la deslocalización de la manufactura, el modelo de bajo ahorro y alto consumo, y la hegemonía del dólar estadounidense. Desde que surgió por primera vez en 1971, Estados Unidos ha reducido los costos de producción mediante la externalización industrial, pero esto ha llevado a que la manufactura represente solo el 10% del PIB, desde el 25%, agravando la deslocalización de la cadena de suministro. La baja tasa de ahorro (solo 3.8% en 2024) y la alta demanda de consumo (que representa el 70% del PIB) obligan a depender de las importaciones, y la posición especial del dólar como moneda de reserva mundial hace que el déficit sea una consecuencia inevitable para mantener la liquidez internacional.
El déficit a largo plazo tiene un doble impacto: por un lado, mejora el bienestar de los residentes mediante productos baratos y flujos de capital; por otro, provoca el declive de la manufactura, la polarización social y riesgos de deuda. En 2024, la deuda externa neta de Estados Unidos alcanza el 67% del PIB, acercándose a un punto crítico de crisis. La política de aumento de aranceles del gobierno de Trump se ha demostrado ineficaz, ya que en lugar de proteger, elevó los costos de importación y agravó la inflación, asumiendo finalmente el costo los consumidores y las empresas. Para resolver el déficit, se requiere una reforma estructural que incluya reducir el déficit fiscal, promover la actualización industrial y estabilizar el valor del dólar, en lugar de adoptar proteccionismo unilateral.