Ese viaje se convirtió en una pesadilla. Conecté mi portátil a la Wi-Fi sin contraseña del hotel, pensando en aprovechar los momentos libres con la familia para trabajar. Pero tres días después, mi billetera había sido vaciada. Sin enlaces sospechosos, sin firmas maliciosas, todo parecía normal.
Tras varias horas de investigación y la ayuda de expertos, la verdad salió a la luz: la red del hotel, una negligencia y una serie de errores de seguridad.
Como la mayoría de los profesionales de criptomonedas, siempre llevo mi ordenador conmigo. Mi esposa me insistió varias veces en que dejara el trabajo y descansara, y debería haberle hecho caso. Conectarse a la Wi-Fi del hotel era sencillo, solo había que iniciar sesión en la página de verificación para acceder a Internet. Parecía no haber riesgo alguno.
El error clave empezó aquí. En un entorno de red pública no segura, conversé con un amigo sobre criptomonedas. Esa conversación fue interceptada por un ataque de intermediario. El atacante inyectó código malicioso y falsificó una interfaz de solicitud de autorización. Sin verificar completamente, hice clic en autorizar, otorgando permisos a la billetera.
En ese momento no noté nada extraño. Hasta que unos días después, al ingresar a la billetera, descubrí que los fondos ya habían sido transferidos. La realidad digital es fría: una pérdida de aproximadamente 5000 dólares.
Lo más irónico es que no hice una transferencia directa ni ingresé la clave privada. Solo esa operación de autorización fue la llave que abrió la caja de Pandora. Una vez que el atacante obtuvo permisos, pudo manipular mis activos a su antojo.
Tres lecciones quedaron grabadas en mi mente: primero, evitar discutir información sensible en redes públicas; segundo, activar siempre VPN al conectarse a redes Wi-Fi públicas; tercero, confirmar cuidadosamente cualquier solicitud de autorización, sin prisas. Un solo clic puede costar miles de dólares.
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Ese viaje se convirtió en una pesadilla. Conecté mi portátil a la Wi-Fi sin contraseña del hotel, pensando en aprovechar los momentos libres con la familia para trabajar. Pero tres días después, mi billetera había sido vaciada. Sin enlaces sospechosos, sin firmas maliciosas, todo parecía normal.
Tras varias horas de investigación y la ayuda de expertos, la verdad salió a la luz: la red del hotel, una negligencia y una serie de errores de seguridad.
Como la mayoría de los profesionales de criptomonedas, siempre llevo mi ordenador conmigo. Mi esposa me insistió varias veces en que dejara el trabajo y descansara, y debería haberle hecho caso. Conectarse a la Wi-Fi del hotel era sencillo, solo había que iniciar sesión en la página de verificación para acceder a Internet. Parecía no haber riesgo alguno.
El error clave empezó aquí. En un entorno de red pública no segura, conversé con un amigo sobre criptomonedas. Esa conversación fue interceptada por un ataque de intermediario. El atacante inyectó código malicioso y falsificó una interfaz de solicitud de autorización. Sin verificar completamente, hice clic en autorizar, otorgando permisos a la billetera.
En ese momento no noté nada extraño. Hasta que unos días después, al ingresar a la billetera, descubrí que los fondos ya habían sido transferidos. La realidad digital es fría: una pérdida de aproximadamente 5000 dólares.
Lo más irónico es que no hice una transferencia directa ni ingresé la clave privada. Solo esa operación de autorización fue la llave que abrió la caja de Pandora. Una vez que el atacante obtuvo permisos, pudo manipular mis activos a su antojo.
Tres lecciones quedaron grabadas en mi mente: primero, evitar discutir información sensible en redes públicas; segundo, activar siempre VPN al conectarse a redes Wi-Fi públicas; tercero, confirmar cuidadosamente cualquier solicitud de autorización, sin prisas. Un solo clic puede costar miles de dólares.